Estaba en un velorio, rodeado de personas africanas y al parecer yo era uno de ellos.
La madre arrodillada lloraba descontroladamente con un cadáver entre sus piernas. Unos cabellos blancos sobresalían entre sus brazos, como un viejo cano inerte y sin respirar, pero no era mayor, era un niño de no más de cinco años.
A nuestro lado, un recién nacido con el pelo blanco y de piel muy oscura, estaba vestido con cientos de collares de perlas del mismo color de su cabello por todo el cuerpo, era el sucesor.
Yo no sentía nada y nada me importaba, quería verte y no me dejaban. El mayordomo, un anciano africano de modales señoriales y muy respetado, era como una perfecta cámara de vigilancia.
De repente del segundo piso subía una escalera metálica a una habitación de madera en la
que vivías y tenías cerrado con llave, era un acceso complicado. Diría que no muchos se atrevieron a intentarlo y si lo hicieron, no pudieron entrar, sin embargo, yo logré abrir la puerta y quedarme contigo adentro por tanto tiempo que en realidad se había hecho corto.
Un día lejano de velorios africanos y cabellos albinos, la escalera al cielo se hizo eterna y la puerta ya no abría, no estabas, solo recordaba gritos y rabia acumulada, oculta por mucho tiempo.
Te llamé tanto, insistí y no hubo respuesta. Ahora oía las lágrimas de una viuda cada vez con mayor fuerza, No podía soportar tanta pena, un funeral y tu partida, quería esconderme en lo alto de la escalera metálica y no tenía acceso.
Desperté pensándote y queriendo entenderlo todo, pero no pude.
––––•(-••-)•––––Çë§ÂR ––––•(-••-)•––––¾ ahí se ven...